Tener a alguien con quien hablar puede parecer algo sencillo hasta que llega un momento en el que sentimos que ya no sabemos qué hacer con aquello que tenemos encima. Un problema, una preocupación, una decisión complicada o simplemente una etapa que llevamos demasiado tiempo intentando soportar pueden terminar ocupando demasiado espacio en nuestra cabeza.
Cuando eso ocurre, es fácil pensar que tenemos que encontrar la solución por nuestra cuenta.
Intentamos ordenar nuestros pensamientos. Buscamos explicaciones. Repasamos conversaciones, imaginamos diferentes escenarios y tratamos de encontrar una salida antes de contárselo a nadie.
Pero hay momentos en los que el problema no es únicamente aquello que nos está ocurriendo, sino tener que cargar con todo ello en silencio.
Cuando necesitas tener a alguien con quien hablar
No siempre sabemos explicar lo que nos pasa.
A veces tenemos claro que estamos mal, pero no conseguimos encontrar las palabras. Otras veces sabemos exactamente qué nos preocupa, aunque nos da miedo contárselo a alguien porque pensamos que no lo entenderá, que estaremos molestando o que deberíamos ser capaces de solucionarlo solos.
También puede ocurrir algo todavía más sencillo: no queremos una solución, solamente necesitamos hablar.
Contarle a alguien lo que tenemos en la cabeza puede ayudarnos a sacar fuera pensamientos que llevaban demasiado tiempo dando vueltas dentro. No necesariamente porque la otra persona vaya a descubrir una respuesta que nosotros no habíamos encontrado, sino porque decir las cosas en voz alta puede hacer que las veamos desde otra perspectiva.
Hay problemas que parecen enormes cuando los pensamos a solas y que, al explicarlos, empiezan a tener diferentes partes.
Una conversación no tiene por qué resolver aquello que nos preocupa.
Puede simplemente ayudarnos a ordenar un poco el caos.
Estar solo no siempre significa estar bien acompañado por uno mismo
Aprender a estar solos es importante. Tener momentos para nosotros, disfrutar de nuestra propia compañía y saber pasar tiempo sin depender constantemente de otras personas también forma parte de nuestro desarrollo.
El problema aparece cuando la soledad deja de ser una elección y se convierte en el lugar en el que terminamos encerrándonos.
Cuando algo nos supera, aislarnos puede parecer la opción más sencilla. No tenemos que explicar nada, no tenemos que responder preguntas y tampoco necesitamos fingir que todo está bien delante de otras personas.
Durante un tiempo puede incluso sentirse como un descanso.
Sin embargo, permanecer demasiado tiempo dentro de nuestros propios pensamientos puede hacer que aquello que nos preocupa ocupe todavía más espacio.
Esto tiene mucho que ver con algo que ya hablábamos en “Pensar demasiado las cosas”. Cuando una preocupación permanece constantemente dentro de nuestra cabeza, podemos terminar dando vueltas sobre las mismas preguntas sin encontrar una salida.
Hablar con alguien puede romper, aunque sea durante un momento, ese círculo.
No porque esa persona tenga necesariamente la respuesta.
Simplemente porque, por unos minutos, dejamos de estar solos frente a nuestros propios pensamientos.
No necesitas saber exactamente qué decir
Una de las cosas que más pueden frenarnos a la hora de hablar es pensar que primero tenemos que entender perfectamente lo que nos ocurre.
Como si necesitáramos preparar un discurso antes de acercarnos a alguien.
Pero no funciona así.
Podemos empezar con algo tan sencillo como:
«No sé muy bien cómo explicarlo, pero últimamente no estoy bien y necesitaba hablar con alguien.»
No hace falta tener las ideas ordenadas.
Tampoco es necesario saber exactamente qué necesitamos.
A veces la conversación comienza con una frase pequeña y termina sacando a la luz muchas cosas que llevábamos tiempo guardándonos.
Tener a alguien con quien hablar no significa tener que saber cómo empezar la conversación.
La otra persona puede simplemente escucharnos.
Puede hacer una pregunta.
Puede quedarse en silencio.
Incluso puede decirnos que tampoco sabe qué hacer.
Y, aun así, haber conseguido hablar puede hacer que ese peso se sienta ligeramente diferente.
Porque hay momentos en los que no necesitamos que alguien nos saque inmediatamente del problema; necesitamos dejar de estar dentro de él completamente solos.
Tener a alguien con quien hablar no significa encontrar una solución
Cuando contamos un problema, muchas veces esperamos que la otra persona tenga algo que decirnos. Queremos una respuesta, una idea diferente o quizá una solución que nosotros no habíamos visto.
Pero tener a alguien con quien hablar no significa que esa persona tenga que solucionar aquello que nos ocurre.
Puede que no sepa qué haría en nuestro lugar. Incluso es posible que no entienda completamente por lo que estamos pasando. Aun así, escuchar puede tener un valor enorme.
Porque cuando llevamos demasiado tiempo encerrados en nuestros propios pensamientos, una conversación puede convertirse en una pequeña pausa.
Hablar con alguien puede hacer que el problema pese un poco menos
Hay situaciones que no desaparecen después de una conversación.
El problema sigue ahí cuando terminamos de hablar. La decisión continúa esperando. La preocupación no se esfuma mágicamente y aquello que nos está haciendo daño puede seguir formando parte de nuestra vida al día siguiente.
Sin embargo, que un problema no desaparezca no significa que hablar sobre él no haya servido de nada.
A veces necesitamos sacar lo que llevamos acumulando durante días. Otras veces basta con escuchar una opinión diferente para descubrir algo que no estábamos viendo. Incluso puede ocurrir que, después de explicárselo a otra persona, nos demos cuenta de que ni siquiera necesitábamos un consejo: simplemente necesitábamos que alguien nos escuchara.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) señala que la conexión social influye en nuestro bienestar y que la soledad y el aislamiento pueden afectar tanto a la salud mental como a la física. También destaca la importancia de mantener relaciones en las que exista apoyo y conexión.
Por eso, hablar no tiene que ser una herramienta para solucionar inmediatamente nuestra vida.
A veces simplemente sirve para hacer que el camino hasta la solución sea un poco menos pesado.
No siempre necesitas consejos
Existe una tendencia bastante común cuando alguien nos cuenta un problema: intentar arreglarlo.
Escuchamos una historia y automáticamente pensamos en qué haríamos nosotros. Queremos aportar algo útil, encontrar una respuesta o evitar que la otra persona siga sufriendo.
Sin embargo, no todas las conversaciones necesitan terminar con un consejo.
A veces una persona ya ha pensado en todas las soluciones posibles. Quizá incluso sepa perfectamente qué debería hacer, pero todavía no tenga fuerzas para hacerlo.
En otras ocasiones, ni siquiera está buscando una respuesta. Necesita expresar rabia, tristeza, miedo o frustración sin tener que convertir inmediatamente esas emociones en un plan de acción.
Decir «entiendo que esto te esté afectando» puede ser más útil en ese momento que intentar explicar qué debería hacer.
Escuchar tampoco significa estar de acuerdo con absolutamente todo lo que la otra persona dice.
Significa darle un espacio donde pueda expresarse sin sentir que tiene que defender cada emoción que está experimentando.
Tener a alguien cerca también puede romper el aislamiento
Cuando estamos pasando por una etapa complicada, podemos empezar a desaparecer poco a poco.
Dejamos de escribir. Contestamos menos. Rechazamos planes. Nos acostumbramos a pasar más tiempo solos y, con el tiempo, puede resultar cada vez más difícil volver a acercarnos a los demás.
Ese aislamiento puede convertirse en un círculo bastante complicado.
Cuanto más tiempo pasamos solos, más difícil puede parecer contar lo que nos ocurre. Cuanto menos hablamos, más espacio ocupan nuestros pensamientos. Y cuanto más espacio ocupan esos pensamientos, más ganas podemos tener de aislarnos.
Una conversación puede ser una pequeña interrupción dentro de ese círculo.
No hace falta que sea una conversación profunda.
Puede ser hablar durante una hora de cualquier cosa. Salir a tomar algo. Jugar a un videojuego con alguien. Dar un paseo. Mandar mensajes durante la noche. Reírse de una tontería.
No todo tiene que girar alrededor del problema.
A veces tener un momento en el que nuestra cabeza puede descansar de aquello que nos preocupa también es una forma de ayuda.
Una persona no tiene que solucionarte la vida para ayudarte
Quizá esta sea una de las ideas más importantes del artículo.
Podemos pensar que pedir ayuda significa esperar que otra persona nos saque del agujero en el que estamos. Eso puede hacer que nos dé vergüenza hablar, porque sentimos que estamos trasladando nuestros problemas a alguien más.
Pero pedir compañía no es lo mismo que exigir una solución.
Hablar con alguien no significa que tengas que encontrar las palabras perfectas ni que la otra persona tenga que saber exactamente cómo ayudarte.
Puedes empezar simplemente diciendo:
«No necesito que me soluciones nada. Solo necesitaba hablar con alguien.»
A partir de ahí, la conversación puede tomar cualquier dirección. Quizá esa persona escuche en silencio, haga alguna pregunta, comparta algo parecido que haya vivido o simplemente se quede contigo durante un rato.
No hace falta que aparezca una solución para que la conversación haya servido de algo.
Incluso una charla sobre cualquier otra cosa puede convertirse en un pequeño descanso cuando llevamos demasiado tiempo pensando en el mismo problema. La OMS señala que las relaciones sociales y el apoyo que intercambiamos con otras personas forman parte de la conexión social, y considera importante fortalecer esos vínculos para reducir la desconexión y la soledad.
Por eso, tener a alguien cerca no significa disponer de una persona que pueda arreglar nuestra vida. Significa contar con alguien con quien compartir una parte del peso cuando nosotros solos ya no sabemos cómo llevarlo.
Puedes consultar también el resumen en español del informe de la OMS sobre conexión social para ampliar esta idea.
Porque no siempre necesitamos que alguien nos enseñe la salida; a veces necesitamos recordar que no estamos atravesando el camino completamente solos.
Tener a alguien con quien hablar también es una forma de seguir adelante
A veces imaginamos que salir de una situación complicada significa encontrar la solución perfecta. Resolver el problema, tomar la decisión correcta, conseguir que aquello que nos preocupa desaparezca.
Pero la vida no siempre funciona así.
Hay momentos en los que no existe una solución inmediata. Una relación puede estar rota, una decisión puede seguir esperando, una preocupación puede no depender completamente de nosotros o simplemente podemos encontrarnos demasiado cansados para saber qué hacer.
En esas situaciones, tener a alguien con quien hablar puede no cambiar las circunstancias, pero sí puede cambiar la manera en la que las atravesamos.
No necesitas solucionar todo para sentirte un poco mejor
Cuando llevamos demasiado tiempo preocupados por algo, nuestra cabeza puede hacernos creer que necesitamos resolverlo antes de permitirnos descansar.
Como si no pudiéramos reírnos, distraernos o disfrutar de un momento hasta que aquello que nos preocupa haya desaparecido.
Sin embargo, una persona puede estar pasando por un problema y seguir necesitando momentos en los que ese problema deje de ocupar todo el espacio.
Una conversación puede ofrecer precisamente eso.
Durante un rato podemos hablar de otra cosa. Compartir una experiencia. Reírnos. Contar una tontería que nos haya ocurrido durante el día. Incluso podemos quedarnos en silencio junto a alguien.
El problema seguirá existiendo después.
Pero durante ese momento no ha sido lo único que existía.
Y eso también tiene valor.
Hablar con alguien cuando sientes que ya no puedes más
Hay ocasiones en las que la necesidad de hablar aparece cuando llevamos demasiado tiempo intentando aguantar.
Quizá hemos estado diciendo «ya se me pasará». Hemos intentado distraernos, dormir, trabajar, salir o mantener nuestra rutina como si nada estuviera ocurriendo.
Hasta que llega un momento en el que simplemente necesitamos decirlo.
«No estoy bien.»
Decir esas tres palabras puede resultar mucho más difícil de lo que parece.
A veces porque tenemos miedo de preocupar a los demás. Otras porque pensamos que nuestros problemas no son suficientemente importantes. También puede aparecer la sensación de que deberíamos ser capaces de gestionar todo por nuestra cuenta.
Pero pedir compañía no convierte nuestros problemas en una carga.
Precisamente por eso hablábamos anteriormente de aislarse de la gente. Necesitar espacio puede ser completamente normal, pero desaparecer de todo el mundo cuando estamos atravesando algo que nos supera puede hacer que terminemos enfrentándonos a ello sin ningún apoyo alrededor.
No hace falta contarle nuestra vida a todo el mundo.
A veces basta con tener una persona a la que podamos decirle la verdad.
No todas las conversaciones tienen que ser profundas
Existe una imagen bastante concreta de lo que significa «hablar de nuestros problemas».
Dos personas sentadas frente a frente, hablando durante horas sobre sus sentimientos y encontrando finalmente una respuesta.
Puede ocurrir así.
Pero también puede ser algo mucho más cotidiano.
Mandar un mensaje.
Compartir una partida.
Salir a caminar.
Tomar un café.
Hablar de una serie.
Reírse de algo completamente absurdo.
Contar cómo ha ido el día.
La compañía no siempre llega disfrazada de una conversación profunda.
A veces aparece precisamente cuando dejamos de hablar del problema durante un rato.
Quizá después de una hora hablando de cualquier cosa volvamos a casa y aquello que nos preocupaba siga ahí. La diferencia es que hemos tenido un pequeño descanso de nuestra propia cabeza.
Y, en determinados momentos, ese descanso puede ser justo lo que necesitábamos para poder afrontar el siguiente día.
Tener a alguien no significa depender de alguien
También es importante encontrar un equilibrio.
Hablar con alguien puede ayudarnos muchísimo, pero eso no significa que debamos convertir a una única persona en nuestra única fuente de apoyo. Una amistad, una pareja, un familiar o cualquier persona cercana puede acompañarnos, pero existen situaciones en las que necesitamos acudir a profesionales.
Pedir ayuda profesional no hace que las conversaciones con nuestros seres queridos pierdan valor.
Son cosas diferentes.
Una persona cercana puede ofrecernos compañía, cariño, escucha y una sensación de conexión. Un profesional puede aportar herramientas y conocimientos específicos para abordar determinados problemas.
No tenemos que elegir necesariamente entre una cosa y la otra.
Podemos necesitar ambas.
A veces la salida empieza simplemente por hablar
Quizá después de leer todo esto alguien piense que hablar no va a solucionar su problema.
Y puede que tenga razón.
Hablar no garantiza que aquello que nos preocupa desaparezca.
Lo que sí puede hacer es permitirnos compartir algo que llevábamos demasiado tiempo cargando solos. Puede ayudarnos a ordenar pensamientos, descubrir otra perspectiva, sentirnos acompañados o simplemente descansar durante un rato de aquello que nos estaba consumiendo.
No siempre necesitamos que alguien nos enseñe exactamente dónde está la salida.
A veces necesitamos que alguien se siente a nuestro lado mientras intentamos encontrarla.
Y creo que ahí está una de las ideas más importantes de Desarrollo del Personaje.
En los videojuegos, algunas misiones pueden completarse en solitario. Otras resultan mucho más llevaderas cuando aparece un compañero dispuesto a recorrer parte del camino contigo.
La vida tampoco tiene por qué ser una partida completamente individual.
No necesitamos tener una multitud de personas a nuestro alrededor. Tampoco necesitamos contar absolutamente todo lo que nos ocurre.
Puede bastar con encontrar a alguien con quien podamos decir «hoy no estoy bien» sin miedo a ser juzgados.
Alguien que no tenga que arreglarnos la vida.
Alguien que simplemente pueda responder:
«Vale. Estoy aquí. Cuéntame.»
Porque quizá esa conversación no resuelva nuestra historia.
Pero puede ayudarnos a recordar que todavía no tenemos que atravesarla solos.












