En The Legend of Zelda: Ocarina of Time, Link despierta un día siendo adulto sin haber visto pasar siete años. En la vida real casi nunca hay una fecha tan exacta: no existe un día en el que nos levantemos convertidos en otra persona. Lo habitual es que ocurra de forma discreta: encuentras una fotografía antigua, pasas por una calle que conocías de memoria o suena una canción que te acompañó durante años, y de pronto te das cuenta de que quien eras entonces ya no está del todo aquí.
Esa historia habla del paso del tiempo a lo grande. Link crece en el Bosque Kokiri, un rincón pequeño y conocido, y acaba en un Hyrule que no reconoce, tras siete años que no ha vivido. Eso es lo que ocurre en el juego; la lectura que hago de ello es cosa mía, y procuraré dejar clara la frontera entre una cosa y otra.
No necesitas haber jugado para seguir estas líneas. Link es solo un espejo. Mientras recorremos su viaje, quizá te descubras pensando en cómo eras hace diez años, en quién te acompañaba, en los lugares que frecuentabas y en las cosas que te hacían feliz sin que tuvieras que planteártelo. Quizá también te preguntes cuánto de todo aquello sigues buscando sin darte cuenta.
Ocarina of Time y el comienzo de nuestro viaje: cuando todo está por descubrir
Al comenzar el juego, Link vive en el Bosque Kokiri, entre los Kokiri, un pueblo de seres con aspecto de niños que no crecen nunca. Su lugar en ese mundo no es del todo cómodo: es el único del bosque sin hada, y Mido, el cabecilla de los Kokiri, no pierde ocasión de recordárselo. Aun así, es su casa. Conoce cada sendero, cada rincón y a cada vecino, y sabe qué esperar de cada día. Quien quiera repasar el contexto de la historia puede hacerlo en la Zelda Wiki.
Eso es, en cierto modo, la infancia tal como la recordamos: un territorio pequeño y conocido donde las reglas, buenas o malas, resultan familiares. De niños, el mundo medía lo que alcanzaba nuestra mirada, y el futuro parecía un camino largo y despejado. Nadie nos había explicado todavía lo rápido que pasan los años.
El Bosque Kokiri tiene, además, una norma que todos dan por cierta: según creen los Kokiri, quien se aleja del bosque muere. Link se ve obligado a desafiar ese miedo cuando el Gran Árbol Deku, moribundo, le pide que viaje al Castillo de Hyrule para encontrarse con la princesa Zelda. No sale porque quiera, sino porque algo lo empuja fuera.
Hasta aquí, los hechos. Lo que sigue es interpretación mía: todos hemos tenido un bosque. Pudo ser el barrio de nuestra niñez, el colegio, la casa familiar o un grupo de amigos que lo era todo. A algunos nos sacó de allí una mudanza, unos estudios, un trabajo o una pérdida. Otros salimos sin saber qué había al otro lado. Y casi nadie sale sin miedo.
El tiempo pasa en Ocarina of Time, aunque no estemos preparados
Tras reunir las Piedras Espirituales y recibir de Zelda la Ocarina del Tiempo, Link abre la Puerta del Tiempo del Templo del Tiempo y extrae la Espada Maestra. Entonces ocurre lo que lo cambia todo: queda sellado durante siete años porque, como le explicará después Rauru, el Sabio de la Luz, todavía era demasiado joven para empuñarla. Cuando despierta, es adulto y Ganondorf ha tomado el control de Hyrule. La ciudad que visitó de niño es ahora un lugar devastado.
Lo que más me impresiona de esta escena no es el desastre, sino la desorientación. Link no ha hecho nada especial durante esos siete años; simplemente no estaba, y el mundo siguió su curso sin esperarle.
A nosotros nos pasa sin espadas ni sellos. Atravesamos una época absorbidos por algo: una enfermedad, un duelo, unas oposiciones, una relación que se rompía, un trabajo que lo ocupaba todo o, sencillamente, la dificultad de saber qué queríamos hacer. Un día levantamos la cabeza y descubrimos que aquel amigo ya tiene hijos, que el bar de siempre cerró, que esa oportunidad ya no existe.
No siempre estamos preparados para eso, y no es una falta nuestra. El tiempo no pide permiso ni espera a que terminemos de ordenar nuestros problemas. Seguir avanzando mientras nosotros nos buscamos es, simplemente, lo que hace.

Crecer también significa dejar cosas atrás
En Ocarina of Time, cuando por fin puede moverse por ese Hyrule transformado, Link regresa a lugares que conocía y los encuentra distintos. El Bosque Kokiri, su casa, está infestado de monstruos y los Kokiri se esconden asustados en sus viviendas. Más adelante, el juego le permite incluso volver a su cuerpo de niño al devolver la Espada Maestra a su pedestal, y viajar entre ambas épocas tras purificar el Templo del Bosque.
Lo interesante, desde mi lectura, es que aun pudiendo volver, quien vuelve ya no es el mismo. Eso lo conocemos bien. Regresamos al pueblo de nuestros abuelos, al colegio o al portal de nuestra primera casa, y todo parece más pequeño, más ruidoso o más silencioso. No porque el lugar haya empeorado necesariamente, sino porque ya no encajamos del mismo modo.
Dejar atrás una etapa rara vez es una decisión que se toma un día. Se produce a base de pequeñas renuncias que no siempre notamos: la última vez que jugamos en la calle, la última tarde de verano sin preocupaciones, la última comida con alguien que ya no está. Muchas de esas últimas veces no sabíamos que lo eran.
Quizá eso sea lo más difícil: que ciertas cosas terminan sin avisar y solo con los años comprendemos que no van a repetirse. Echarlas de menos es legítimo. Lo que no necesitamos es elegir entre quedarnos a vivir en ellas o fingir que nunca existieron.
Las personas cambian, y nuestras relaciones también
Saria es la mejor amiga de Link en el bosque. Mientras Mido se burla de él por no tener hada, ella le ofrece compañía y música. Cuando Link se marcha, Saria lo detiene en el puente que sale del bosque, le regala su ocarina y le pide que no la olvide. No hay reproches ni discusiones: solo la sensación compartida de que algo está terminando.
Pasan siete años. Saria, como todos los Kokiri, conserva el aspecto de una niña, mientras que Link ha crecido. En ese tiempo ella percibe que los espíritus del bosque piden ayuda desde el Templo del Bosque, acude a investigar y es capturada. Link la libera, y Saria despierta como Sabia del Bosque. Su papel ya no es solo el de la amiga de la infancia, aunque Link puede seguir comunicándose con ella tocando la Canción de Saria con su ocarina.
Lo que me hace pensar de esta amistad es que no se rompe por nada. No hay traición ni abandono: simplemente, los caminos se separan. Todos tenemos un puente así: el cambio de ciudad, un nuevo trabajo, una boda, el momento en que dejamos de compartir piso, clase o rutina.
Con los años aprendemos algo incómodo: que algunas personas forman parte de una etapa y no de toda la vida, y que eso no las hace menos importantes. Que echar de menos a alguien no nos obliga a recuperar la relación. Que a veces la manera más honesta de querer es agradecer lo que fue, aunque ahora quede reducido a un recuerdo, una canción o un mensaje de cumpleaños una vez al año. Seguir siendo importante para alguien no exige estar presente. Y si últimamente te sientes más lejos de los demás, quizá te ayude saber por qué empezamos a aislarnos de la gente.
A veces echamos de menos a la persona que éramos
Puede que el Link adulto de Ocarina of Time añore al niño que fue; es una suposición mía, porque el juego no lo cuenta. Lo que sí muestra es que aquella infancia no era un paraíso. El pequeño Link soporta las burlas de Mido, asiste a la muerte del Gran Árbol Deku y recibe de Zelda la noticia de una oscuridad que amenaza Hyrule. Aun así, desde la distancia, el Bosque Kokiri conserva algo de refugio perdido.
La memoria hace eso. Recuerda el sol de aquellas tardes y olvida los nervios antes de un examen, las inseguridades, la sensación de no encajar, las preocupaciones que entonces nos parecían enormes. Cuando decimos «antes todo era mejor», a menudo echamos de menos otra cosa: la energía, la ilusión de empezar, la gente que nos rodeaba o esa versión de nosotros que todavía no había aprendido ciertas lecciones a golpes.
La nostalgia no es un problema. Puede ser una forma de ternura hacia lo vivido. La diferencia está entre recordar con cariño una etapa y vivir deseando regresar a ella: lo primero nos acompaña, lo segundo nos impide ver lo que tenemos delante. Si además das mil vueltas a lo que fue, quizá te interese entender por qué pensamos demasiado las cosas.
Hay un detalle del juego que me parece revelador: para avanzar, Link necesita a las dos versiones de sí mismo. Algunas cosas solo puede hacerlas siendo niño y otras solo siendo adulto. Ninguna de las dos edades basta por sí sola. Mi lectura es que tampoco nosotros somos únicamente lo que hoy vivimos: somos también todo lo que fuimos.

Ocarina of Time y el tiempo perdido que no podemos recuperar
Hay una parte de la historia de Link que se presta a la culpa. Al abrir la Puerta del Tiempo y sacar la Espada Maestra, deja sin saberlo el camino libre para que Ganondorf llegue a la Trifuerza. Sería injusto leerlo como una culpa suya. Link actúa con la información y los medios que tiene, que son pocos: es un niño.
Creo que esa es la pregunta que deberíamos hacernos nosotros cuando repasamos nuestras decisiones. ¿Teníamos entonces los conocimientos, la madurez y las circunstancias que tenemos hoy? Las oportunidades que dejamos pasar, el mensaje que no enviamos, la carrera que no elegimos o el viaje que aplazamos casi siempre se ven claros desde el futuro, y muy confusos desde el momento en que los vivimos.
Al final de Ocarina of Time, Zelda usa la Ocarina del Tiempo para devolver a Link al pasado y que pueda vivir los años que le fueron arrebatados. Es un desenlace reconfortante, pero también una fantasía que el juego se permite y la vida no: ninguno de nosotros tiene una ocarina capaz de rebobinar.
Lo que sí tenemos es la posibilidad de aprender del pasado sin quedarnos encerrados en él. Aprender de una decisión es extraer qué haríamos distinto y dejarla donde está. Vivir condicionado por ella es revisitarla cada noche. El pasado puede enseñarnos mucho, pero no tiene por qué convertirse en una prisión que nos impida disfrutar del presente. Y si te cuesta soltarlo, perdonarse a uno mismo es parte de aprender a vivir con nuestros errores.
Crecer no significa olvidarnos de quiénes fuimos
Cuando Zelda devuelve a Link a su infancia, la historia no lo convierte en el niño del principio como si nada hubiera pasado. Es una imagen que me gusta como idea, y la lectura es mía: no volvemos al punto de partida, pero lo que fuimos no desaparece. Se queda dentro y nos acompaña.
Crecer no exige renegar del niño que fuimos ni del adolescente torpe que cometió errores. Podemos reírnos de aquel peinado sin avergonzarnos de quien lo llevaba. Podemos reconocer que ciertas prioridades ya no nos representan y, a la vez, agradecerles haber sido las nuestras. Cambiar no es traicionarse.
Algunas cosas que antes nos parecían fundamentales hoy nos resultan secundarias, mientras que otras, que ni siquiera sabíamos nombrar, ocupan un lugar central: un descanso tranquilo, una conversación sin prisa, una persona que llegó tarde y se quedó.
Tampoco hace falta que el cambio sea siempre para mejor. A veces somos más sabios y más cansados a la vez. A veces ganamos seguridad y perdemos curiosidad. Un balance honesto incluye aceptar que no todas las etapas superan a las anteriores, y que cada persona recorre su camino a su ritmo, con avances, retrocesos y desvíos que ningún calendario respeta.
Nuestro viaje todavía continúa
En Ocarina of Time, Link empieza su historia con un hada a su lado y una ocarina regalada por su mejor amiga, y la termina de vuelta en su infancia, pero ya no siendo el mismo. Entre un punto y otro ha cruzado un bosque, un sueño de siete años, una ciudad devastada y despedidas que no pidió. No ha podido detener el tiempo y, aun cuando el juego se lo permite, no recupera la inocencia exactamente como estaba.
Nosotros tampoco. No podemos devolver el reloj, ni encontrar de nuevo la misma tarde, ni reunir a las personas que nos acompañaron como entonces. Pero hay algo que sigue abierto: la etapa en la que estamos ahora. Quizá no sea la que imaginábamos y puede que no sea mejor que la anterior. Es, sin embargo, la única en la que podemos hacer algo.
Si estas líneas te han llevado a pensar en alguien a quien echas de menos, en un lugar al que ya no vuelves o en una versión de ti a la que te gustaría abrazar, no tienes que hacer nada con eso salvo reconocerlo. Echar de menos no es fracasar. Lo único que te propongo es que, mientras recuerdas, no dejes de mirar lo que tienes delante. Y si necesitas ponerlo en palabras, recuerda que tener a alguien con quien hablar también es una forma de ayuda.
No podemos volver a ser quienes éramos cuando comenzó nuestro viaje, pero eso no significa que nuestro camino haya terminado. El tiempo seguirá avanzando, nosotros seguiremos cambiando y todavía tenemos la oportunidad de construir nuevas experiencias que algún día también recordaremos con cariño.












