Perdonarse a uno mismo: aprender a vivir con nuestros errores

Perdonarse a uno mismo puede ser mucho más difícil de lo que parece. Decimos a otras personas que todos cometemos errores, que nadie toma siempre las decisiones correctas y que una equivocación no define quiénes somos. Sin embargo, cuando somos nosotros quienes hemos fallado, esas mismas palabras pueden desaparecer.

Entonces aparece esa conversación interna que conocemos demasiado bien: «¿Cómo pude hacer eso?», «Si hubiera actuado de otra manera…», «No puedo creer que fuera capaz de hacer aquello».

Y lo peor es que algunas decisiones no desaparecen simplemente porque pase el tiempo.

Perdonarse a uno mismo cuando sabes que te equivocaste

Todos tenemos alguna decisión que nos gustaría poder cambiar.

Puede ser algo que dijimos en un momento de enfado, una oportunidad que dejamos escapar, una persona a la que no supimos valorar o incluso una decisión que terminó afectando a alguien que queríamos.

Con el paso del tiempo adquirimos experiencia y podemos mirar atrás con una perspectiva completamente diferente. Ahora sabemos cosas que entonces no sabíamos. Tenemos más información, hemos vivido otras situaciones y quizá hemos aprendido precisamente gracias a aquel error.

El problema aparece cuando utilizamos ese conocimiento actual para juzgar a la persona que éramos entonces.

Es fácil pensar:

«¿Cómo no me di cuenta?»

Pero quizá aquella versión de nosotros todavía no podía darse cuenta.

Eso no significa que lo que hicimos estuviera bien. Tampoco significa que debamos evitar las consecuencias de nuestras decisiones.

Significa reconocer algo bastante importante: no podemos exigirle a nuestro yo del pasado que tuviera la experiencia que solo hemos conseguido después de equivocarnos.

Cuando arrepentirse deja de ayudarnos

Sentir arrepentimiento puede ser útil. Nos permite reconocer que algo no salió como queríamos y, en determinadas ocasiones, puede ayudarnos a actuar de otra manera en el futuro.

El problema llega cuando dejamos de utilizar ese recuerdo para aprender y empezamos a utilizarlo para castigarnos.

Volvemos una y otra vez a la misma escena. Repasamos qué podríamos haber dicho, qué deberíamos haber hecho o qué habría ocurrido si hubiéramos tomado otra decisión.

La situación ya terminó, pero nosotros seguimos intentando resolverla.

Y ahí es donde el arrepentimiento puede convertirse en una carga.

No porque recordar sea malo, sino porque existe una diferencia enorme entre pensar «aprendí de aquello» y pensar «tendré que sentirme mal por aquello para siempre».

Perdonarse a uno mismo no significa olvidar

A veces parece que perdonarnos implica restarle importancia a lo que ocurrió.

Como si aceptar nuestro propio error significara decir «no pasó nada».

Pero puede haber pasado mucho.

Podemos haber cometido un error importante, haber hecho daño, haber perdido algo que nos importaba o haber tomado una decisión de la que todavía nos arrepentimos.

Perdonarse a uno mismo no consiste en borrar aquello de nuestra historia.

Consiste en dejar de utilizarlo como una sentencia.

Podemos reconocer lo que hicimos, asumir nuestra responsabilidad y aprender de ello sin obligarnos a revivir el mismo castigo cada vez que recordamos aquella etapa.

Porque una cosa es decir:

«Hice algo que me gustaría haber hecho de otra manera.»

Y otra muy distinta:

«Hice algo mal, por lo tanto soy una persona que no merece perdón.»

La primera frase habla de una acción.

La segunda convierte esa acción en una identidad.

Y quizá una de las partes más difíciles de perdonarse a uno mismo sea precisamente aprender a separar ambas cosas.

No somos únicamente nuestras peores decisiones. También somos todo lo que hicimos después de ellas, todo lo que aprendimos y todas las decisiones que todavía nos quedan por tomar.

Perdonarse a uno mismo no significa justificar lo ocurrido

Una de las mayores dificultades para perdonarse a uno mismo aparece cuando confundimos el perdón con quitarle importancia a aquello que hicimos.

Porque hay errores que realmente importan.

Podemos haber tomado una decisión egoísta, haber herido a alguien, haber actuado desde la rabia o haber dejado pasar una oportunidad que ya no volverá. Fingir que nada de eso ocurrió no nos ayuda a crecer.

De hecho, reconocer que nos equivocamos es una parte necesaria del proceso.

La cuestión está en qué hacemos después con ese reconocimiento.

Aprender de los errores también forma parte de perdonarse a uno mismo

Cuando cometemos un error, podemos quedarnos atrapados en la culpa o intentar entender qué ocurrió.

Podemos preguntarnos qué estaba pasando por nuestra cabeza en aquel momento, qué necesitábamos, qué no fuimos capaces de ver y, sobre todo, qué haríamos de manera diferente ahora.

Estas preguntas pueden ayudarnos a transformar el arrepentimiento en aprendizaje.

Existe una diferencia importante entre decir «no debería haber hecho aquello» y utilizar ese recuerdo para repetirnos constantemente que somos una mala persona.

Una conducta puede estar equivocada sin que toda nuestra identidad quede definida por ella.

Incluso podemos asumir nuestra responsabilidad y, al mismo tiempo, empezar a tratarnos con algo más de comprensión.

Esto conecta con algo que ya vimos al hablar de sentirse reemplazable: nuestra mente puede convertir una situación concreta en una conclusión mucho más grande sobre quiénes somos. Un rechazo puede convertirse en «no valgo». Un error puede convertirse en «soy un desastre». Una mala decisión puede terminar transformándose en «siempre hago daño a los demás».

Pero una situación no tiene por qué convertirse en una definición permanente de nosotros mismos.

Perdonarse a uno mismo también implica aceptar las consecuencias

A veces no podemos reparar aquello que hicimos.

Podemos pedir perdón y que la otra persona no quiera aceptarlo. Podemos intentar arreglar una situación y descubrir que ya es demasiado tarde. Incluso puede que tengamos que vivir con una consecuencia que nosotros mismos provocamos.

Y eso también forma parte de crecer.

Perdonarnos no significa exigir que los demás nos perdonen.

El perdón hacia uno mismo es algo que ocurre dentro de nosotros. La otra persona tiene derecho a sentir lo que necesite sentir y a decidir qué lugar quiere que ocupemos en su vida.

Nuestra responsabilidad puede consistir en reconocer el daño, disculparnos cuando corresponda, reparar aquello que todavía pueda repararse y aprender para no repetirlo.

Después queda una parte especialmente difícil: aceptar que no podemos cambiar el pasado.

Podemos cargar con él durante años intentando castigarnos por algo que ya no tenemos capacidad de modificar. O podemos utilizarlo como una parte de nuestra historia que nos enseñó algo, aunque esa lección haya llegado de una manera que nos hubiera gustado evitar.

La persona que eras entonces tampoco es exactamente la que eres ahora

Hay algo extraño cuando miramos atrás después de haber cambiado.

Podemos reconocer perfectamente nuestras acciones y, aun así, sentir que aquella persona nos resulta casi desconocida.

Hoy podríamos reaccionar de otra manera. Tal vez tendríamos más paciencia o sabríamos poner límites donde antes no éramos capaces de hacerlo. Incluso puede que simplemente tomáramos una decisión diferente.

Ese cambio no demuestra que aquella versión de ti fuera imperdonable. Demuestra que has aprendido algo desde entonces.

No podemos volver atrás para darle a nuestro yo del pasado toda la información que tenemos ahora.

Pero sí podemos hacer algo con ella.

Podemos tomar aquello que nos duele, entenderlo, aprender de ello y dejar que nuestra siguiente decisión sea diferente.

Porque perdonarse a uno mismo no consiste en hacer las paces con la persona que fuimos para volver a ser ella.

Consiste en dejar de luchar contra esa versión de nosotros para poder seguir construyendo la que queremos ser.

Perdonarse a uno mismo también es aprender a seguir adelante

Llegados a este punto, quizá podamos entender el perdón hacia uno mismo de una manera diferente. No se trata de borrar lo ocurrido ni de convencernos de que aquello que hicimos estuvo bien. Tampoco consiste en dejar de sentir arrepentimiento de un día para otro.

Perdonarse puede ser un proceso en el que asumimos lo ocurrido, intentamos reparar aquello que todavía podemos reparar y aprendemos a no convertir nuestra culpa en una condena permanente.

Existe una diferencia importante entre reconocer que hemos hecho algo mal y utilizar ese error como una prueba de que somos malas personas. La primera postura puede ayudarnos a crecer. La segunda nos mantiene atrapados en una versión de nosotros mismos que ya no tiene por qué existir.

La psicología ha estudiado precisamente esta relación entre culpa, vergüenza, autocompasión y autoperdón. La American Psychological Association recoge cómo trabajar la autocompasión puede ayudar a abordar la culpa y el arrepentimiento de una manera más constructiva, sin confundir la comprensión hacia uno mismo con evitar la responsabilidad.

Y creo que esta diferencia merece que nos detengamos un poco en ella.

Perdonarse a uno mismo no significa dejar de asumir responsabilidades

Cuando hablamos de perdonarse a uno mismo, existe una preocupación bastante lógica: «¿Y si me perdono y termino justificando lo que hice?»

Es una pregunta válida.

No queremos convertir el autoperdón en una excusa para no reconocer nuestros errores. Tampoco debería servir para evitar disculparnos, reparar el daño o aceptar las consecuencias de nuestras decisiones.

Perdonarte no significa declarar que aquello estuvo bien.

Puedes reconocer que actuaste mal y seguir pensando que deberías haber hecho las cosas de otra manera. Puedes sentir arrepentimiento por algo que hiciste y, al mismo tiempo, entender que no necesitas pasar el resto de tu vida castigándote por ello.

De hecho, asumir nuestra responsabilidad puede ser precisamente una parte del proceso.

A veces implica pedir perdón.

En otras ocasiones significa aceptar que alguien ya no quiere formar parte de nuestra vida.

También puede consistir en cambiar determinados comportamientos para evitar repetir aquello que ocurrió.

Lo importante es que el arrepentimiento tenga algún lugar hacia el que avanzar. Si únicamente sirve para recordarnos una y otra vez lo malos que somos, deja de ayudarnos a reparar y empieza a destruirnos.

La culpa puede enseñarte algo, pero no tiene que convertirse en tu identidad

La culpa tiene una función. Nos indica que algo que hicimos entra en conflicto con nuestros valores o con la persona que queremos ser.

Por eso puede ser útil escucharla.

El problema aparece cuando dejamos de pensar «hice algo de lo que me arrepiento» y comenzamos a pensar «soy alguien de quien hay que arrepentirse».

Parece una diferencia pequeña, pero cambia completamente el significado.

Una acción pertenece a un momento concreto. Nuestra identidad, en cambio, se construye a través de muchísimas experiencias, decisiones y comportamientos.

Un error puede formar parte de tu historia sin convertirse en el título de toda tu historia.

Esto también explica por qué a veces resulta tan difícil perdonarnos. No estamos intentando aceptar únicamente una acción; estamos intentando reconciliarnos con una imagen de nosotros mismos que puede haberse roto.

Quizá siempre quisimos pensar que éramos buenas personas, responsables, leales o cuidadosas. Después hicimos algo que contradijo esa imagen y apareció una pregunta incómoda:

«Si fui capaz de hacer esto, ¿qué dice eso de mí?»

La respuesta no tiene por qué ser «dice que soy una persona horrible».

Puede ser mucho más compleja.

Dice que somos personas capaces de equivocarnos. Que podemos actuar desde el miedo, la rabia, la inseguridad, la ignorancia o el egoísmo. También dice que podemos aprender, reconocerlo y modificar nuestra forma de actuar.

Aceptar nuestra capacidad para equivocarnos también forma parte de conocernos de verdad.

No puedes juzgar eternamente a la persona que eras entonces

Una de las trampas más habituales cuando recordamos nuestros errores consiste en mirar al pasado con los conocimientos que tenemos ahora.

Ahora conocemos las consecuencias. Sabemos cómo terminó aquella situación y hemos vivido experiencias que nos han cambiado desde entonces.

La persona que tomó aquella decisión, sin embargo, no disponía de todo eso.

Quizá ahora reaccionaríamos de otra manera. Tal vez tendríamos más paciencia o sabríamos poner límites donde antes no éramos capaces de hacerlo. Incluso puede que simplemente tomáramos una decisión diferente.

Eso no significa que nuestro yo del pasado quede automáticamente absuelto de toda responsabilidad.

Significa que podemos intentar comprenderlo en lugar de limitarse a condenarlo.

Hay una diferencia entre explicar un comportamiento y justificarlo. Entender por qué hicimos algo no significa decir que estuvo bien. Puede ayudarnos a descubrir qué necesidades, miedos o circunstancias estaban influyendo para que podamos evitar repetir el mismo patrón.

A veces descubrimos que actuamos buscando aprobación.

Otras veces nos damos cuenta de que teníamos miedo de perder a alguien y terminamos comportándonos de una forma que ahora nos avergüenza.

También puede ocurrir que simplemente no supiéramos hacerlo mejor.

Y reconocer esto último puede ser especialmente doloroso.

Porque aceptar que no sabíamos hacerlo mejor implica aceptar que algunas lecciones solo llegan después de haber cometido el error que necesitábamos aprender a no repetir.

Perdonarse también significa aceptar que algunas cosas no tienen solución

Esta es probablemente una de las partes más difíciles.

Hay errores que podemos reparar.

Podemos pedir disculpas, devolver algo, reconocer nuestra responsabilidad o intentar compensar de alguna manera el daño causado.

Pero existen situaciones en las que ya no podemos hacer nada.

Una relación puede haber terminado.

Una oportunidad puede haber desaparecido.

Una persona puede haber seguido adelante sin nosotros.

Incluso puede que nunca tengamos la posibilidad de explicar aquello que ocurrió.

Cuando esto sucede, nuestra mente puede intentar encontrar una solución imposible. Repasamos conversaciones, imaginamos otros escenarios y pensamos qué habría pasado si hubiéramos actuado cinco minutos antes o elegido una palabra diferente.

Pero pensar una y otra vez en una situación no siempre significa que estemos procesándola.

En ocasiones simplemente estamos intentando conseguir algo que el pasado no puede ofrecernos: una segunda oportunidad.

Y cuando esa segunda oportunidad no existe, necesitamos aprender a convivir con la ausencia de ella.

Eso puede ser doloroso.

No obstante, aceptar que algo no puede cambiar también es una forma de avanzar.

Reparar no siempre significa recuperar lo que perdiste

Existe otra expectativa que puede complicar el proceso de perdonarse a uno mismo: creer que reparar un error significa conseguir que todo vuelva a ser como antes.

No necesariamente funciona así.

Puedes pedir perdón y que la otra persona no quiera volver a confiar en ti.

Puedes reconocer lo ocurrido y descubrir que una relación ya no puede reconstruirse.

Incluso puedes hacer todo lo que está en tu mano y seguir teniendo que aceptar un resultado que no querías.

Reparar no siempre significa recuperar.

A veces reparar consiste en asumir lo ocurrido y permitir que la otra persona tome sus propias decisiones. Otras veces implica cambiar algo en nosotros para que una situación parecida no vuelva a producirse.

El resultado quizá no sea el que esperábamos.

Eso no convierte el intento en inútil.

Hay aprendizajes que no nos devuelven aquello que perdimos, pero sí pueden evitar que volvamos a perder algo de la misma manera.

Dejar de castigarte también puede ser una forma de respetar a quien quieres ser

Durante mucho tiempo podemos pensar que sentirnos culpables es una manera de demostrar que realmente nos importa lo ocurrido.

Como si dejar de sufrir significara que ya no nos importa.

Pero seguir haciéndonos daño no demuestra necesariamente que hayamos aprendido.

Una persona puede sentirse culpable durante diez años y continuar cometiendo exactamente los mismos errores. Otra puede reconocer lo que hizo, trabajar para cambiar y aprender a actuar de manera diferente.

El dolor por sí solo no garantiza el aprendizaje.

Por eso, quizá haya un momento en el que necesitemos preguntarnos:

«¿Estoy utilizando este recuerdo para aprender o para castigarme?»

La respuesta puede resultar incómoda.

Si descubrimos que llevamos años utilizando el mismo error para demostrar que no merecemos estar bien, tal vez ya no estemos hablando únicamente de arrepentimiento.

Estamos hablando de una condena que nosotros mismos seguimos renovando.

Y nadie debería necesitar sufrir eternamente para demostrar que se arrepiente.

Tu peor decisión no tiene por qué convertirse en tu personaje completo

Aquí es donde la metáfora de Desarrollo del Personaje cobra especialmente sentido.

En un videojuego, una decisión puede cambiar una misión, cerrar una ruta o modificar la relación con un personaje. Hay elecciones que no podemos deshacer y consecuencias que permanecen durante toda la partida.

Pero una sola decisión no contiene toda la historia.

Tu personaje no se define únicamente por la peor decisión que tomó.

También está compuesto por todo lo que ocurrió después: las veces que aprendiste, las ocasiones en las que actuaste mejor, las personas a las que ayudaste, los límites que aprendiste a poner y las decisiones que tomaste cuando ya sabías algo que antes desconocías.

Nuestra vida funciona de una manera parecida.

No podemos volver a cargar una partida anterior para escoger otra opción. Tampoco podemos borrar determinados capítulos de nuestra historia.

Lo que sí podemos hacer es continuar jugando con la experiencia que conseguimos.

Quizá aquella versión de nosotros tomó una mala decisión.

La versión que existe ahora tiene la posibilidad de elegir qué hacer con esa experiencia.

Puede quedarse atrapada mirando hacia atrás o utilizar aquello que aprendió para construir algo diferente.

Perdonarte no significa olvidar quién fuiste

A veces pensamos que para seguir adelante necesitamos dejar de recordar.

No necesariamente.

Hay cosas que queremos conservar en nuestra memoria precisamente porque nos recuerdan quién fuimos, qué aprendimos y qué no queremos volver a hacer.

Recordar no tiene por qué significar castigarse.

Es posible mirar atrás y sentir tristeza. También podemos arrepentirnos de lo ocurrido y reconocer que hoy habríamos actuado de otra manera.

Todo eso puede coexistir con haber aprendido a vivir en paz con aquella parte de tu historia.

Quizá el objetivo no sea llegar a un punto en el que pienses «ya no me importa».

Puede ser algo mucho más humano:

«Sí, me importa. Sé que ocurrió. Me habría gustado hacerlo de otra manera. Pero ya no necesito destruirme por ello.»

Ahí empieza a aparecer el verdadero perdón.

No como una absolución mágica.

No como una forma de escapar de las consecuencias.

Como la decisión de dejar de utilizar el pasado para impedirte vivir el presente.

Porque hay una parte de nosotros que merece aprender de nuestros errores y otra que también merece tener la oportunidad de seguir adelante.

No podemos cambiar lo que hicimos.

Tampoco podemos convertirnos en la persona que éramos antes de cometerlo.

Pero podemos permitir que aquella experiencia forme parte de nuestro desarrollo sin convertirse en una prisión.

Perdonarte no cambia el pasado. Cambia el lugar que el pasado ocupa dentro de ti.

Y quizá eso sea lo más parecido a subir de nivel que podemos hacer algunas veces: no conseguir que nunca nos hayamos equivocado, sino aprender a seguir avanzando después de haberlo hecho.

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