Aislarse de la gente no siempre empieza con una decisión consciente. A veces simplemente ocurre. Un día dejamos un mensaje sin contestar porque estamos cansados. Al siguiente tampoco respondemos porque seguimos sin tener ganas. Después pasan varios días y, cuando finalmente miramos el teléfono, tenemos tantas conversaciones pendientes que responder parece todavía más difícil.
Últimamente me he dado cuenta de que esto puede pasarme a mí. No es que haya decidido desaparecer de la vida de las personas que me importan, ni que de repente haya dejado de querer hablar con ellas. Simplemente no tengo muchas ganas de contestar. Los mensajes se acumulan, las conversaciones se quedan pendientes y cada vez resulta más sencillo pensar que ya responderé mañana.
Y ese mañana puede convertirse fácilmente en una semana.
Lo extraño es que, desde fuera, probablemente no parezca que esté ocurriendo nada especialmente grave. Sigues teniendo las mismas personas a tu alrededor, las mismas redes sociales, los mismos mensajes y las mismas posibilidades de hablar con alguien. Pero por dentro aparece una especie de distancia que hace que incluso algo tan sencillo como responder un «¿qué tal?» parezca requerir una energía que no tienes.
Aislarse de la gente no siempre significa querer estar solo
Creo que esta es una de las primeras diferencias que merece la pena hacer. Estar solo y aislarse de la gente no son necesariamente lo mismo.
Hay momentos en los que necesitamos apartarnos un poco. Podemos estar saturados, cansados o simplemente necesitar unas horas sin conversaciones, notificaciones ni responsabilidades. Estar tranquilos con nosotros mismos puede ser incluso necesario para recuperar energía.
El problema aparece cuando esa distancia deja de ser algo que elegimos y empieza a convertirse en algo que simplemente hacemos. Ya no estamos solos porque queremos descansar, sino porque no encontramos las fuerzas para volver a conectar con los demás.
Y tampoco tiene por qué significar que hayamos dejado de querer a esas personas. Puedes querer muchísimo a alguien y, al mismo tiempo, no tener ganas de contestarle. Echar de menos a tus amigos tampoco significa necesariamente que tengas fuerzas para quedar con ellos. Incluso puedes saber que hablar con alguien probablemente te vendría bien y, aun así, sentir que no consigues reunir la energía necesaria para hacerlo.
Esa contradicción puede resultar bastante frustrante.
Cuando responder un mensaje se convierte en un esfuerzo
Hay algo que desde fuera puede parecer absurdo: ¿cómo puede costar tanto responder un mensaje?
A veces la respuesta es simplemente que no sabes qué decir. Otras veces sabes perfectamente qué quieres contestar, pero no quieres abrir una conversación que después tendrás que mantener. Quizá esa persona te pregunte cómo estás y no tengas ninguna respuesta que te apetezca dar.
Entonces aparece el clásico:
«Luego le contesto.»
Y sigues con tu día.
Después llega otro mensaje. Y otro. Y cuando quieres darte cuenta, tienes varias conversaciones pendientes. Lo que inicialmente era un pequeño esfuerzo se ha convertido en una tarea que parece enorme.
Personalmente, creo que una de las partes más complicadas es que cada día que pasa hace más difícil volver a responder. Ya no solo tienes que contestar al mensaje original. También tienes que explicar por qué has tardado tanto.
Y quizá ni siquiera sabes cómo hacerlo.
Desaparecer sin saber exactamente por qué
Cuando empezamos a aislarnos de la gente, muchas veces buscamos una explicación concreta. Queremos saber qué ha ocurrido para haber llegado hasta ahí. Quizá esperamos encontrar una discusión, una decepción o algún acontecimiento que justifique nuestra distancia.
Pero no siempre existe.
A veces simplemente llevamos demasiado tiempo acumulando cansancio, preocupaciones, responsabilidades o emociones que no hemos sabido gestionar. Y llega un momento en el que no queremos añadir una conversación más a todo lo que ya tenemos en la cabeza.
Eso puede hacer que desaparezcamos poco a poco.
Dejamos de participar en los grupos. Contestamos menos. Cancelamos planes. Dejamos mensajes para después. Nos acostumbramos a nuestra propia ausencia hasta que un día nos damos cuenta de que llevamos bastante tiempo sin hablar prácticamente con nadie.
Y entonces aparece otra pregunta mucho más incómoda:
¿Estoy tomando un descanso o me estoy alejando demasiado?
¿Qué ocurre cuando empezamos a alejarnos de los demás?
Una de las cosas más curiosas de aislarse de la gente es que normalmente no sucede de golpe. No hay un momento concreto en el que decidamos desaparecer. Más bien vamos reduciendo poco a poco nuestra presencia. Primero dejamos de contestar algunos mensajes, después empezamos a rechazar planes y, con el tiempo, incluso hablar con personas que queremos puede sentirse como una obligación.
Al principio puede parecer que no pasa nada. Necesitamos descansar y pensamos que mañana estaremos mejor. El problema aparece cuando ese «mañana» empieza a repetirse durante demasiado tiempo. Lo que comenzó como una necesidad de desconectar puede terminar convirtiéndose en una rutina de aislamiento.
Y cuanto más tiempo permanecemos alejados, más complicado puede resultar volver.
Aislarse de la gente puede convertirse en un círculo
Hay algo bastante perverso en este proceso. Cuando estamos cansados o emocionalmente saturados, alejarnos de los demás puede proporcionarnos un alivio inmediato. No tenemos que contestar mensajes, mantener conversaciones, explicar cómo estamos ni hacer el esfuerzo de salir de casa.
Durante un rato, parece que hemos encontrado una solución.
Pero después puede aparecer otra sensación: la soledad empieza a pesar más que el descanso que buscábamos.
Dejas pasar un mensaje porque no tenías energía para contestar. Después pasan tres días y ya te da más vergüenza responder. Piensas que la otra persona habrá notado tu ausencia y que tendrás que explicar qué ha ocurrido. Así que decides esperar un poco más.
Y cuanto más esperas, más difícil parece volver.
No necesariamente porque los demás estén enfadados contigo, sino porque tu propia cabeza convierte una pequeña ausencia en algo cada vez más grande. El aislamiento puede terminar alimentándose a sí mismo.
Aislarse de la gente cuando no sabemos explicar qué nos pasa
Creo que hay otra razón por la que resulta tan fácil desaparecer: a veces no sabemos qué decir.
Cuando alguien pregunta «¿qué te pasa?», esperamos encontrar una respuesta clara. Pero ¿qué ocurre cuando no tenemos ninguna?
Puede que estemos cansados, que llevemos demasiado tiempo acumulando cosas o que simplemente no tengamos ganas de hablar. A veces ni siquiera existe una razón concreta que podamos señalar. Y ninguna de esas respuestas parece suficiente para explicar por qué llevamos días sin contestar.
Entonces resulta más sencillo decir nada.
Aislarse de la gente puede convertirse en una manera de evitar conversaciones para las que todavía no estamos preparados. No necesariamente estamos intentando ocultar algo. A veces simplemente necesitamos tiempo para entenderlo nosotros mismos antes de intentar explicárselo a otra persona.
Eso también puede hacer que nos sintamos culpables. Sabemos que alguien está intentando acercarse y nosotros seguimos poniendo distancia. Pero sentir culpa tampoco nos proporciona automáticamente la energía necesaria para volver a conectar.
¿Estoy descansando o me estoy aislando de la gente?
Esta es probablemente una de las preguntas más importantes que podemos hacernos.
Estar solos durante un tiempo puede ser completamente necesario. No tenemos que estar disponibles para todo el mundo constantemente. Descansar también forma parte de cuidarnos, y necesitar unos días de tranquilidad no significa necesariamente que exista un problema.
La diferencia puede estar en cómo nos sentimos durante y después de ese aislamiento.
Si estar solos nos permite recuperar energía, ordenar nuestras ideas y después volver poco a poco a nuestras actividades, quizá simplemente necesitábamos ese espacio. Pero si cada vez queremos estar más lejos de los demás, dejamos de disfrutar de cosas que antes nos gustaban o sentimos que contactar con cualquier persona supone un esfuerzo enorme, quizá haya algo más que observar.
No se trata de diagnosticar nuestra situación nosotros mismos. Se trata de prestar atención a los cambios que están ocurriendo en nuestra vida.
Y, sobre todo, de no esperar a que el aislamiento sea absoluto para reconocer que quizá necesitamos apoyo.
Volver a hablar también puede ser un pequeño paso
A veces pensamos que para dejar de aislarse de la gente tenemos que volver inmediatamente a nuestra vida anterior. Contestar todos los mensajes, aceptar todos los planes y recuperar de golpe todas nuestras relaciones.
No creo que tenga que funcionar así.
Puede empezar con algo mucho más pequeño. Un mensaje. Una llamada corta. Un café con alguien de confianza. Incluso un simple:
«Perdona por haber desaparecido. Últimamente no estoy pasando por mi mejor momento.»
No hace falta tener preparada una explicación perfecta.
Volver a conectar no significa que ya estemos bien. Puede significar simplemente que hemos decidido no atravesar todo lo que estamos viviendo completamente solos.
Y quizá ese pequeño contacto sea suficiente para empezar a recordar algo que el aislamiento puede hacernos olvidar: seguimos teniendo personas al otro lado.
Cuando aislarse empieza a afectar a nuestra vida
Hay una diferencia entre necesitar estar solo y empezar a desaparecer de nuestra propia vida. A veces necesitamos desconectar, apagar el teléfono y pasar un tiempo sin hablar con nadie. El problema aparece cuando esa distancia empieza a durar más de lo que queríamos o cuando dejamos de hacer cosas que antes formaban parte de nuestra rutina.
Aislarse de la gente puede comenzar de una manera aparentemente pequeña: cancelar un plan, dejar un mensaje para después o decidir que hoy tampoco queremos salir. Ninguna de esas cosas tiene por qué ser preocupante por sí sola. Pero cuando empiezan a acumularse, quizá merezca la pena preguntarnos qué está ocurriendo.
No se trata de obligarnos a socializar constantemente. Se trata de observar si estamos eligiendo estar solos o si sentimos que no tenemos fuerzas para volver a acercarnos a los demás.
Aislarse de la gente cuando no sabemos qué nos ocurre
Quizá una de las partes más complicadas sea no tener una explicación clara. Alguien puede preguntarnos qué nos pasa y no saber qué responder. No estamos necesariamente enfadados, tampoco ha ocurrido algo concreto y, sin embargo, no tenemos ganas de hablar.
En esas situaciones resulta tentador desaparecer. Si no contestamos, tampoco tenemos que explicar cómo estamos. Si rechazamos un plan, no tenemos que fingir que tenemos energía. Y si dejamos pasar suficiente tiempo, podemos convencernos de que mañana será más fácil.
Pero el silencio también puede convertirse en una carga. Cada mensaje pendiente puede recordarnos que estamos alejándonos y, cuanto más tiempo pasa, más complicado parece volver a contactar.
Si además este aislamiento aparece junto a tristeza persistente, pérdida de interés, cansancio intenso u otros cambios importantes en nuestra vida, merece la pena prestar atención. Aislarse de la gente no significa automáticamente tener depresión, pero puede aparecer junto a diferentes dificultades emocionales. En mi caso, esta reflexión conecta con lo que contaba en ¿Cómo se siente una depresión?, donde hablaba precisamente de lo complicado que puede resultar relacionarse cuando emocionalmente no estamos bien.
¿Estoy descansando o me estoy aislando?
Esta es probablemente la pregunta que más me interesa de todo este artículo.
Porque quizá no haya una respuesta universal. Hay momentos en los que necesitamos estar solos y otros en los que necesitamos compañía, y no siempre resulta sencillo distinguir una cosa de la otra.
Podemos preguntarnos qué ocurre después de pasar tiempo a solas. ¿Nos sentimos más tranquilos y con algo más de energía? ¿O seguimos queriendo alejarnos todavía más?
También podemos observar si seguimos haciendo aquello que nos gusta. Si estamos descansando, probablemente ese espacio nos permita recuperar fuerzas. Si, en cambio, cada vez abandonamos más actividades, dejamos de hablar con personas importantes y sentimos que salir de nuestro aislamiento resulta imposible, quizá haya algo que merezca nuestra atención.
No se trata de convertir cada momento de soledad en una señal de alarma. Estar solos también forma parte de una vida equilibrada. La cuestión está en conservar la capacidad de elegir.
Volver a conectar también puede hacerse poco a poco
Una vez que llevamos tiempo desaparecidos, podemos pensar que necesitamos volver de golpe a nuestra vida anterior. Contestar todos los mensajes, aceptar todos los planes y explicar a todo el mundo dónde hemos estado.
No tiene por qué ser así.
Volver a conectar puede empezar con una sola persona. Podemos contestar un mensaje, hacer una llamada corta o quedar para tomar un café. Incluso podemos decir simplemente:
«Perdona por haber desaparecido. Últimamente no estoy teniendo una buena etapa.»
No hace falta tener preparada una explicación perfecta. Tampoco tenemos que solucionar todo lo que nos ocurre antes de volver a hablar con alguien.
A veces, recuperar un pequeño vínculo puede ser suficiente para recordar que no tenemos que afrontar todo lo que estamos viviendo completamente solos.
Pedir ayuda cuando aislarse de la gente empieza a afectarnos
Reconocer que no sabemos cómo salir de nuestro aislamiento no significa que hayamos fracasado. Hay situaciones en las que hablar con alguien de confianza puede ser un primer paso y otras en las que necesitamos el acompañamiento de un profesional.
Si aislarse de la gente empieza a afectar de manera importante a nuestra vida cotidiana, nuestras relaciones o nuestra capacidad para hacer cosas que antes formaban parte de nuestro día a día, pedir ayuda puede ser una opción razonable. Hablar con un profesional de la salud mental puede ayudarnos a comprender mejor qué está ocurriendo y qué tipo de apoyo podemos necesitar. La Organización Mundial de la Salud (OMS) también destaca la importancia de la conexión social para la salud y el bienestar.
No necesitamos llegar al límite ni tener perfectamente explicado lo que nos ocurre. Podemos empezar con algo tan sencillo como:
«No sé exactamente qué me pasa, pero llevo un tiempo alejándome de todo el mundo y no sé cómo volver.»
A veces, admitir que no sabemos qué hacer ya es una forma de empezar a hacer algo.
Quizá no estés desapareciendo, quizá estés intentando descansar
Después de escribir todo esto, sigo sin tener completamente claro si yo mismo estoy haciendo lo correcto.
Últimamente me estoy aislando. Estoy desapareciendo de algunas conversaciones, no tengo demasiadas ganas de contestar y hay momentos en los que prefiero quedarme apartado. No sé si necesito más tiempo para mí, si estoy acumulando demasiado cansancio o si simplemente estoy atravesando una etapa complicada.
Y quizá tampoco tenga que encontrar ahora mismo una respuesta definitiva.
Desarrollo del Personaje no nació desde la idea de tener todas las respuestas, sino desde la necesidad de intentar comprendernos un poco mejor. A veces eso significa investigar. Otras veces significa escribir sobre algo que estamos viviendo mientras todavía intentamos entenderlo.
Quizá tú también estés pasando por algo parecido. Quizá necesites estar solo durante un tiempo. O quizá lleves demasiado tiempo solo y todavía no hayas encontrado la manera de volver.
No creo que haya que castigarse por ninguna de las dos cosas.
Podemos necesitar distancia sin desaparecer completamente. Podemos necesitar silencio sin cortar todos nuestros vínculos. Y podemos estar atravesando una mala etapa sin tener que saber todavía cómo termina.
A veces, el primer paso para volver a conectar con los demás consiste simplemente en reconocer que llevamos demasiado tiempo desconectados.
Y quizá ese reconocimiento, aunque parezca pequeño, ya sea una forma de empezar a volver.


